El Autista: Capítulo 2. El Autista y el extraño ser que tenía erecciones al ver a niños pequeños
Publicado por Dr. Boiffard en Relatos el día 05-06-2005
La carretera que unía el bosque donde se encontraba El Sitio y aquel puto pueblo donde el don tenía el almacén, pasaba por inumerables granjas. De vez en cuando algunos granjeros salían y les daba por disfrazarse de cofrades sevillanos, y armaban un pifostio que te cagas con caballos y todo. Lo más espectacular era cuando ponían una enorme cruz de madera a arder. Generalmente no me solía parar, porque siempre iba de paso, volviendo de El Sitio, manchado de sangre, y cansado. Esta vez no iba a ser la excepción. Pero siempre me picaba la curiosidad. Estos muchachos...se lo deberán pasar bien. Y es que a mí siempre me había gustado aquello de vestirse de algo, tenía que ser muy divertido ir con un cucurucho de aquellos y ponserse a quemar una cruz de madera, y a saber que más harían...Costumbres locales, supongo. Tenían pinta de pasarselo bien, aquellos muchachos de granja. Una lástima que sean tan cerrados.
Cuando llegué al pueblo, fuí directamente al 7 Eleven. Estaba completamente seco, y necesitaba mucha, demasiada cerveza para poder recuperarme. La cerveza es la gasolina de los humanos. Hace pensar con claridad, quita la sed, alimenta, desinhibe. Es de los pocos inventos de la humanidad que merece la pena.
- ¿Que tal, señor? ¿Como le ha ido hoy en el matadero?
Mark era un tio bastante corto, pero agradable. Era de los pocos que se sabía mi nombre. Al principio me pedía el carnet de conducir para cobrarme la cerveza, y, no sé por qué, le daba por preguntarme cosas mientras le apoquinaba la pasta.
Cogí la bolsa con las cervezas, pagué, y me fuí. El día había sido largo y agotador, y muy didáctico. Estaba agotado. Necesitaba dormir. Mañana tenía que ir a ver al don. Tenía que hablar con él. Lo que había descubierto hoy por la tarde era bastante inquietante. Sí, tenía que hablar con él. El don siempre me había respetado, siempre me había tratado como a uno de su familia. Pero... no sé. El descubrir el porqué de El Procedimiento era algo que me hacía preguntarme más y más cosas cada minuto que pasaba.
Cuando estaba introduciendo la llave en la puerta del coche, se me acercó un ser extraño, vestido completamente de negro, con una especie de chaqueta larga y ajustada que acababa como en una horrible falda. La única nota de color que había en su indumentaria era un cuadradito amarillento, blanquecino, que le apretaba el cuello hasta el punto de hacer de su cara un tomate con pelos. Apestaba a vino malo.
- Disculpe, amigo, ¿cree usted en Jesús?
El tío se tambaleaba. Iba completamente cocido. Su mirada parecía perdida. Tras aquellas gafas de culo de vaso, su cara, iluminada por las farolas de la calle, era de lo más horrendo y extraño que había visto en mucho tiempo. Tenía innumerables granos por toda la cara, la frente y el cuello. Era realmente desagradable. Desde que salí de casa de mi madre, hace ya unos meses, y empecé a conocer gente, he ido llegando a la conclusión de que hay dos clases de personas: las imbéciles, que se dedican a acumular preocupaciones ridículas como tener trabajos honrados, hijos, mujeres, hipotecas; y las no tan imbéciles, que se dedican a acumular preocupaciones más interesantes como las drogas, el alcohol o irse de putas. Este tío, a primera vista, parecía como inclasificable en ninguno de los dos grupos. Y la pregunta que me hacía me lo ponía aún más difícil. Pero en este momento me la sudaba. Hoy no era el día de sacar nuevas conclusiones acerca de la gente.
- Lo siento, no tengo tiempo para gilipolleces.
- ¿Es usted judío, acaso? ¿Otro hereje que espera inútilmente a que aún venga Cristo? ¿No ve que el Salvador está entre nosotros? ¡Pecadores hebreos, el día del juicio está cerca!¡Arrepentíos!¡Sólo por vuestra fé os salvareis!
- Te he dicho que no tengo tiempo para gilipolleces, subnormal. Metete a tu Salvador por el puto culo. Me piro.
- Me da Ud. pena por haber caído en la herejía judaizante hasta el punto de apostatar así del Salvador, señor.
No se qué cojones significaba eso que me acababa de decir. Pero, por si acaso hubiese sido un insulto, le propiné una patada en los cojones y le empujé con todas mis fuerzas. Jesús, El Salvador, ¿de qué coño me hablaba este puto pirado? ¿Me habré metido en líos, o habré metido en líos al don? Bah, no creo que este cacho de Freak sea peligroso. El tio, tras el empujón, dio un par de pasos hacia atrás hasta perder definitivamente el equilibrio e ir al suelo. Por si acaso le volví a meter otra patada en los cojones. El tio farfulló algo, mientras se retorcía del dolor. Me la suda. Yo me piro.
Me metí en el coche y arranqué, rumbo a casa.
Joder, este día se estaba volviendo eterno.
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