Las uñas de Tsung-Pao
Publicado por Dr. Boiffard en Relatos el día 08-01-2004
El padre de Tsung-Pao era el cocinero del restaurante, antes de la guerra. La mafia china lo trajo escondido entre cajas de Pokemon falsificados para vender en las tiendas de todo a cien. Era un buen hombre, aunque un poco desequilibrado después de un viaje tan largo rodeado de Pikachus de goma. La madre de Tsung-Pao, una pobre loca que trabajaba precisamente en una de estas tiendas de todo a cien. La pobre tenía una obsesión con los pintauñas que le llevaba a robarlos en los centros comerciales, e incluso a veces en su propia tienda. Ambos vivían tremendamente explotados por la mafia, pero eran felices con sus pequeñas locuras y el amor del otro. La pequeña Tsung-Pao creció entre el cálido seno familiar y escombros, cadáveres y muerte. Las enfermedades provocadas por las radiaciones se llevaban cada día a algún vecino suyo, o algún compañero del restaurante, o a algún primo. Los cadaveres eran el pan nuestro de cada día en la infancia de Tsung-Pao. Cuando tenía siete años, la muerte le llegó a su madre.
Tsung-Pao siempre había querido pintarse las uñas como su progenitora, pero nunca la dejaron. Las costumbres de la mafia china prohibían usar el material que vendían, por lo cual sus padres siempre la habían advertido, mediante las típicas e irracionales mentiras que los padres dicen a sus hijos para que no hagan cosas y que luego de mayor se da uno cuenta de que son auténticas gilipolleces. Y su madre era demasiado obsesiva como para dejarle sus pintauñas. Por eso cuando vió el cadaver de su madre, antes de empezar a llorar, le quitó el pintauñas del bolso, se pinto las uñas, y sólo después, rompió a llorar en su habitación. Fue entonces cuando Tsung-Pao le encontró sentido a la vida. En esta miserable existencia, lo único que le llenaba, en ese triste momento, eran las uñas. Decidió coleccionar uñas. Después de secarse la última lágrima, cogió unos alicates y arranco las preciosas y afiladas uñas de su madre mientras nadie la veía, y las guardo en una cajita de madera. Su colección acababa de empezar.
Con el paso del tiempo la colección de uñas de Tsung-Pao se volvió de lo mas variopinto. Uñas pintadas, uñas negras, uñas mordidas, uñas de pies, uñas limpias, uñas limadas, uñas de gato, uñas de perro, incluso uñas de rata. Acostumbrada a la muerte y a la destrucción desde el primer momento, lo único que llenaba la vida de Tsung-Pao eran las uñas. La vida no tenía ningun valor en aquella época post-nuclear, las personas para ella solo eran futuros cadaveres a los que arrancar las uñas en algun momento, probablemente no demasiado lejano. Había aprendido sola a hacer casi todo, no necesitaba a nada ni a nadie para sobrevivir. Era toda una experta en la caza de ratas, y la verdad es que ya desde pequeña, quizá por vivir en un restaurante chino, tenía un don especial para prepararlas de todas las formas que había conocido allí: pato a la naranja, ternera con bambú, cerdo agridulce... La pequeña niña se entretenía bastante en la cocina, aunque lo que mas le gustaba, era, por supuesto, arrancar uñas a los cadaveres.
Cuando Tsung-Pao llegó a la pubertad, tenía ya por lo menos diecisiete preciosas cajas llenas de uñas. La muerte se había llevado ya a toda su familia, a todos sus compatriotas chinos del restaurante, y practicamente a todos los habitantes del barrio donde vivía. Pero ella seguía intacta, entusiasmándose con cada nueva muerte por añadir diez nuevas uñas a su colección. Pero la muerte, sin embargo, nunca venía a llevarsela a ella. Quizá su colección de uñas le daba una cierta protección de algun tipo contra las enfermedades. Pero esta idea no le vino a la cabeza a Tsung-Pao hasta que tuvo un encuentro con el último habitante del barrio, un viejo loco cascarrabias que vivía dos manzanas más abajo.
Tsung-Pao estaba cazando ratas en la puerta del polideportivo del distrito. La pequeña llevaba un traje típico chino, roído y sucio, y un horrible collar hecho con uñas, que se ponía generalmente para cazar, por una estúpida superstición que probablemente ella misma se había inventado. Ambos llevaban meses sin ver a nadie, creían que eran los últimos supervivientes que quedaban en la ciudad, aparte de las sabrosas y abundantes ratas, y algun que otro gato callejero. Tsung-Pao miró al viejo a los ojos con cara de indiferencia. El viejo, sin embargo, estaba completamente paralizado. Llevaba una gabardina que le venía como doscientas tallas mas grande, que le tapaba practicamente todo el cuerpo. Cuando la penetrante mirada de la pequeña oriental se clavó en sus ojos, el cuerpo entero se le estremeció. Tsung-Pao se acerco lentamente al viejo, sin separar la mirada, sin soltar una palabra. El viejo empezó a murmurar algun tipo de rezo, sin dejar de temblar. No podía moverse. No podía levantar la mirada, petrificado. Tsung-Pao no había visto apenas personas ancianas en su vida, ya que eran siempre de los primeros en morir en condiciones tan adversas. Por eso se acercaba tan lentamente a verle, con una mezcla de curiosidad y cierto respeto, que, al ver como temblaba, desapareció pronto. Tsung-Pao se fijó en su cara, arrugada como una pasa. Se pregunto si tendría todo el cuerpo igual, por lo que cogió, y con el descaro de una adolescente en mitad del pavo, le quitó violentamente la gabardina. Y entonces Tsung-Pao también se quedó paralizada. Un terror como nunca jamás había sentido, se apoderó de ella. Fue entonces cuando lo entendió todo. El viejo loco tenía las uñas larguísimas. Unas afiladas y amarillentas uñas que se retorcían hasta casi llegar al suelo. Allí se quedaron unos minutos, el viejo con la mirada fija en el collar de Tsung-Pao, y Tsung-Pao con la mirada fija en las asquerosas uñas del viejo.
De pronto, a unos metros, en la pared del aparatoso polideportivo, un gato con cara de cabrón pegó un enorme bufido que los hizo salir de su burbuja. Ambos giraron la cabeza y vieron cómo el gato corría calle abajo detras de una enorme y jugosa rata. La pequeña Tsung-Pao, desconcertada, no supo que decir en ese momento. En un sólo instante, su vida acababa de dar un giro radical. Jamás pensó que su afición por las uñas era lo que la mantenía viva. Y en ese mismo instante, y ante la visión de las uñas más increibles que había visto nunca, se le fué la manía por las uñas. Habían dejado de tener ningun interés para ella. Si el viejo hubiese sido un cadáver, y ella se lo hubiese encontrado, podría haber llegado a ser uno de los mejores momentos de su vida, al encontrar tan descomunal trofeo. Pero no. Un sentimiento extraño, de vacío absoluto la apoderaba. Ya no podría nunca desprenderse de su afición por las uñas, porque, de hacerlo, moriría. Sin embargo, las uñas ya no tenían ningun interés para ella. No sabía por qué, ahora que tenía sentido práctico el coleccionarlas, pero ya no mostraban ningún interés para ella. Quizá fuese por eso, el sentir que no podía dejar de hacer lo único que había hecho, lo que la había cambiado tanto en tan solo un instante. Ya no saldría a por uñas por amor al arte, ahora tenía que hacerlo para poder seguir viva. Con exactamente las mismas circunstancias en las que antes vivía libre, ahora estaba atrapada. Sin posible salida.
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